La relación que teníamos siempre había sido buena. Desde pequeño había sido un niño muy curioso. Su curiosidad y sus ganas de saber más nos llevaron a compartir muchos momentos de lectura. Construimos una especie de rutina, en la cual los viernes, después de cenar, pasábamos horas hablando en el sofá sobre las diferentes dudas que podía tener. No nos dimos cuenta de que su curiosidad lo estaba llevando a buscar por fuera. Con el paso de los años se fue encerrando en sí mismo, se pasaba horas metido entre las paginas y solo levantaba la vista para darnos una respuesta escueta. Cosas de la edad pensábamos. Su mirada se volvió turbia. Buscamos ayuda y comenzaron sus estancias, cada vez más prolongadas, en el Centro. Hasta que un día, recién cumplida la mayoría, tuvimos una discusión en la que nos despreció como padres. El último recuerdo que tenemos de él es verlo salir por la puerta con una mirada dura, un libro fuertemente agarrado y el tatuaje de su brazo.

Un tatuaje, 011, en su brazo. Algo que ya estaba la última vez que lo vimos. Esa vez que nos dijo que no éramos sus padres. La mirada, su voz y cómo se aferraba a un libro. En el momento en el que vimos sus ojos, estos chocaron con los nuestros y volvimos a sentir su desprecio, escalofriante, como desde hacía años.